02/11/2025
Confiemos.....
LA TOMA DE DECISIONES ES UNA HABILIDAD QUE APRENDEMOS CON LA PRÁCTICA
Muchos adultos me dicen que llegaron al final de su educación sin tener idea de lo que les interesaba. Dicen cosas como “Estudié ciencias porque mi escuela lo alentaba, aunque mi pasión era escribir” o “Estudié historia porque pensé que sacaría una A, aunque me aburría”. Sabían lo que debían hacer, lo que otros pensaban que se les daba mejor y lo que otros valoraban más. Sabían qué les daría las mejores calificaciones. Tomaron sus decisiones basándose en eso y, años después, se arrepienten de esas decisiones. Se agotan o cambian de rumbo a sus 40 o 50 años. Dicen que finalmente están tomando decisiones por sí mismos.
No es sorprendente que se sientan así. Pasaron su infancia sin tomar casi ninguna decisión y, de repente, a los 16 o 18 años, se esperaba que tomaran decisiones que tienen consecuencias de por vida.
LA TOMA DE DECISIONES ES UNA HABILIDAD QUE APRENDEMOS CON LA PRÁCTICA, y es una con la que muchos adultos tienen dificultades. Sin embargo, nuestro sistema educativo ofrece a los jóvenes pocas oportunidades de tomar decisiones reales más allá de “Haz lo que te decimos, o no”. Las decisiones se toman siempre en referencia a la autoridad. Los niños aprenden que lo que ellos piensan no importa, y solo lo que piensan los adultos es importante.
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La infancia (y en particular la adolescencia) es una oportunidad para practicar eso en un espacio protegido. Aprovechémoslo al máximo. Prioricemos la práctica.
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Nos gustaría que nuestros hijos crecieran con múltiples experiencias de toma de decisiones y viendo cómo se desarrollan los resultados. Que tuvieran oportunidades de sopesar todos los diferentes aspectos que podrían ser importantes al elegir, y decidir a qué darán prioridad. Démosles oportunidades de tomar decisiones colaborativas en grupos. Sabemos que se equivocarán muchas veces. Por eso les hemos de brindar la oportunidad de practicar.
Para permitirles el espacio para tomar decisiones reales, debemos dar un paso atrás, manteniéndonos al margen. Hemos de estar preparados para que ellos tomen decisiones diferentes a las que nosotros tomaríamos por ellos. Debemos darles cierta libertad para decidir si quieren participar o no. Tenemos que hablar con ellos sobre cómo tomar decisiones. Debemos pedirles su opinión y escucharlos incluso si no estamos de acuerdo. Y pensar “¿cómo podemos crear espacios seguros en los que las decisiones de los niños importen?” Debemos darles oportunidades, más no imponerlas, intentando tener relaciones que sean de apoyo y colaboración, pero no controladoras, interviniendo cuando es necesario, pero no como opción predeterminada, y valorando sus decisiones, incluso si no son las que nosotros hubiéramos elegido por ellos.
Cuando esto sucede, los adultos nos sentimos incómodos. Vemos los riesgos (¿qué pasa si no eligen aprender? ¿Qué pasa si eligen ser antisociales?) y no vemos las ganancias. Creemos que el control es la opción segura. Es mejor simplemente tomar las decisiones por ellos, así sabremos que son las correctas.
Pero la toma de decisiones es una habilidad. Si no les damos a nuestros hijos la oportunidad de practicarla, no nos sorprendamos si no la aprenden.
Dra. Naomi Fisher