08/06/2026
No entiendo por qué unos celebran como si hubieran vencido al destino, ni por qué otros lloran como si el futuro hubiese terminado esta mañana . Aún faltan voces oficiales, pero ya sobran gritos, insultos y profecías oscuras.
Miro estas elecciones con una tristeza filosófica: no por quién gana o pierde, sino por el odio que parece haber ganado terreno entre nosotros. Unos anuncian que el país será peor; otros creen que ya han salvado la patria. Y mientras tanto, la realidad sigue allí, inmóvil, recordándonos que el país ya venía herido mucho antes de depositar una papeleta.
No es pesimismo. Tampoco entusiasmo. Es simplemente la extraña sensación de comprender que ninguna victoria electoral puede reparar, por sí sola, las fracturas de una sociedad que aprendió a odiarse demasiado y a escucharse demasiado poco.
Mañana amanecerá igual: con las mismas calles, las mismas necesidades, los mismos sueños pendientes. Quizá por eso no encuentro nada que celebrar, pero tampoco encuentro razones para abandonar la esperanza silenciosa de que algún día aprendamos que la democracia no consiste solo en ganar, sino también en convivir.
Proyectos Trilce Aldeano