26/01/2026
CASA EN ESQUINA / ESPACIO
Primero fue la palabra.
La palabra “enso”, círculo que todo lo abraza, este-norte-sur-oeste en un solo latido.
De esa palabra nació la geometría. De la metáfora, luego el volumen contundente. Ahí, en ese salto del aliento a la piedra, late el corazón del proyecto.
Luego vino la piel.
Definida la osamenta, bajo revisiones, fueron llegando los materiales, los colores, las texturas. La plástica, decimos, nace de la propia volumetría. Nace, sí, como nace la corteza del árbol.
Adentro.
El orden ortogonal.
Rectángulos que acogen la vida cotidiana, permiten el acomodo sencillo de los días.
Afuera.
Los patios y jardines aportan, trayendo la luz de regalo y repartiendo el aire en las áreas donde se comparte el tiempo, como en el dormitorio principal, en planta baja, refugio abrazado.
Así se traza el viaje de una idea.
Como una mezcla de decisiones que se pueden dibujar, modelar y proyectar con tiralíneas. Pero cuando este proceso se esconde, la arquitectura se encoge.
Se reduce a un objeto mudo, a un resultado frío, y se olvida lo esencial: que es, ante todo, razonamiento del espacio.
Este universo previo a los ladrillos es el que dota de identidad cada encomienda. Es la semilla conceptual, es el diálogo crítico de las revisiones, es la mirada educada por el oficio. Eso nos da el criterio. Saber cuándo el concepto debe volverse ángulo, o cuándo la luz, esa intrusa maravillosa, debe derramarse sobre la masa.
Todo este universo es nuestro. Del taller, de los creadores y proyectistas que habitan en nosotros.
Es lo que nos hace crecer, transformar lo que sabemos hacer. Arquitectura con alma, decimos. Y el alma, ya se sabe, no se construye con cemento. Se cultiva.