Ciertamente, este servicio es vital para la ciudadanía bogotana y distintivo de ella, pero si ahora no funciona a la perfección, tampoco lo hizo antes. Desde el comienzo, en estaciones y buses, en infraestructuras y comportamientos personales, hubo evidencias de la “cultura de la chambonada”: láminas metálicas levantadas, ausentes o filosas que amenazaban a pasajeros; puentes peatonales semiderrui
dos y sin mantenimiento por donde ‘asaltan’ las estaciones centenares de víctimas potenciales; abordajes a los buses en estampida, circunstancialmente, con lesionados, codazos y reyertas; viajes en hora pico permanente —en vehículos cuya frecuencia propicia abarrotamiento invariable— traen a la mente aquellos vagones de ferrocarril colmados de peregrinos forzados hacia la “solución final” en Auschwitz, Sobibor o Treblinka; inseguridad, manos extrañas en bolsillos, nalgas y carteras; murallas de espaldas y maletas que espeluznan a quienes intentan entrar, en la segunda estación del recorrido, a unos articulados que salen sin cupo desde los portales; cantores y predicadores de la necesidad, y prisioneros recién liberados, que amenizan los trayectos a los viajantes (ante la impotencia y la negligencia de las autoridades); hordas de colados que en cada parada ingresan “por los laditos” mientras los buses cargan y descargan bogotanos atribulados: todos ratifican cómo en el ‘nuevo’ sistema de transporte, están reinscritos los vicios del antiguo pandemónium que éste prometía superar; hay incluso conductores transmilenarios cuyos rudos arrancones y frenazos evocan los clásicos atarvanes que alguna vez imperaron en grandes vías capitalinas como la Caracas cuando aún no era ni troncal; y el más peligroso detalle por años sin solución alguna: las puertas automáticas defectuosas (a menudo, quienes intentan descender de un ‘expreso’ deben aguardar preciosos minutos a que un samaritano oprima el salvador botón de apertura desde el interior de la estación). No quisiera presagiar desgracias, pero, de seguir todo igual, imagino horrorizado lo que acontecerá si dichos mecanismos fallan cuando llegare a requerirse el rápido desalojo de un bus en virtud de un incendio. ¿Será necesario un número de mu***os análogo al de una catástrofe aérea para resolver el amenazante coctel de chambonadas? ¡Cuándo acabará la pesadilla!