27/09/2017
Editorial 27.9.17 (subversión de Mario Skliar)
Los temores de señor Longobardi son los temores del sector social que él representa y al que responde. En las cúpulas del poder hay un profundo sentido de clase, una pertenencia, una defensa solapada del privilegio, que se hace en nombre de un “interés común”, del “bien de todos”. Pero no hay que estudiar mucho para encontrar que el origen de ese poder acumulado (la riqueza, la tierra) lo han hecho a través del saqueo y la colonización. Que compran las tierras manchadas en sangre, a los precios que los gobiernos les hacen en el OUTLET de la patria.
El temor de Longobardi es a que las luchas y los reclamos se den en clave étnica. Es el temor a la palabra de los pibes como Matías Santana, a que ellos empiezan a ser la voz cantante y denunciante de la desigualdad social estructural con raíces históricas. Y que ese lenguaje no sea el de la política adaptada, occidentalizada.
Los periodistas con mayúscula que nos vienen a dar cátedra de indignación ante las luchas étnicas, ante estos pibes como Santiago Maldonado. Pibes que son solidarios pero no caritativos, que pelean con los mapuches y no son mapuches, que ocupan tierras con los pobres y no son pobres, que cortan rutas con los hambreados y no tienen hambre. Esos pibes entienden que más allá de sus necesidades individuales, no son Santiago solamente, individualmente, sino que son un sujeto colectivo. Y se la juegan.
Entonces, Longobardi se preocupa, se inquieta y su inquietud nos la quiere contagiar, nos quiere hacer creer que su inquietud es la de todos. Que el pueblo nación mapuche es un peligro para todos, porque reclama sus tierras y encima quiere que sean productivas y suficiente para vivir.
Están tan indignados con pibes como Matías Santana, con pibes como Facundo Jones Huala; pibes que se criaron en los monoblocks de Bariloche, en los márgenes excluidos de las ciudades y que desde ahí forjaron de a poco (y lo siguen haciendo) una nueva conciencia mapuche. Esa conciencia se expresa en un discurso que preocupa a Longobardi, por eso se apura a colocarle la etiqueta de terrorista. Esa palabra es una Verdad que está en construcción y que está hondamente reñida con la imagen del indio bueno, ese que seguimos viendo en los actos escolares, sonriente, bailando exóticamente alrededor de un fogón.
Matías Santana y esos jóvenes nacieron en las ciudades y volvieron a las tierras propias y ancestrales a recuperar. Y ahí estaba el capital, estaba la estancia de Benetton o Lewis. Esos mapuches politizados qué tanto le preocupan a Longobardi fueron forjando una nueva versión, dinámica y combativa, del pensamiento y el hacer mapuche. Esa conciencia está preñada en algún punto de otras luchas históricas, porque esa generación de pibes mapuches son los que se criaron en la urbe, los que vieron y vivieron las luchas por trabajo con los desocupados, los que cantaron y pintaron en el movimiento cultural anarquista y punk latinoamericano. Tienen un pensamiento orgullosamente politizado, que a su vez se rebela contra el exotismo, contra la esencialización, contra la domesticación. Un pensamiento que se anima a poner el cuerpo en proyectar una sociedad toda. Porque no es potestad sólo de la clase dominante y su intelectualidad poder pensar el todo social. Mientras que ellos lo hacen en clave de gobierno, de gubernamentalidad, Matías Santana y los mapuches politizados conciben las cosas en clave de comunidad.
Creo que una sociedad menos gobernada y más comunitaria, terminaría con los privilegios de Longobardi, terminaría con la autoridad autoritaria de Bullrich. Un mundo pensado en clave comunitaria sería, no lo dudo, un mundo con Santiago Maldonado aparecido.
Nos queda por delante luchar contra Longobardi, pero no contra la gente que le cree y lo escucha y lo compra. Nos queda seguir luchando para que Santiago Maldonado no desaparezca del territorio de la conciencia, del territorio de la memoria, de las arenas del presente.