03/01/2026
Trabajo de guardia nocturno en una bodega por Apaseo el Alto, Guanajuato. Salgo siempre a las 3:00 am, cuando ya no anda ni el perro del vecino. Esa noche decidí regresarme caminando un tramo pa’ agarrar un taxi más barato, por un camino viejo que conecta con la carretera chica rumbo a Celaya.
Iba con audífonos, bien confiado, cuando vi a una mujer parada bajo un mezquite, bien arreglada, vestido rojo, cabello largo, cuerpo bonito, de esos que dices “no m4m3s, qué hace alguien así aquí”. Pensé que era una chava que se había peleado con el vato o algo.
Cuando pasé junto a ella me dijo:
—¿No me acompañas? Me da miedo estar sola.
La voz estaba dulce, normal. Yo, todo p3nd3j0, le dije que sí. Caminamos juntos como unos cinco minutos. Olía a perfume fuerte, de esos antiguos. Yo volteaba a verla de reojo y todo bien… hasta que me dijo:
—¿Te gusto?
Cuando volteé ya de frente… no era cara, carnal. Era hocico de caballo, ojos negros como pozos y la boca chorreando baba. Me quedé bien arrizco y me eché a correr con todo lo que tenía.
Sentía los cascos atrás de mí, como si algo pesado viniera galopando. Tropecé y caí. Cerré los ojos pensando “aquí valí v3rg4”.
Cuando reaccioné, ya estaba amaneciendo. Tenía marcas de pezuñas alrededor y el mezquite lleno de rasguños. Llegué a mi casa pálido, y mi abuela, sin que yo le dijera nada, me soltó:
—Te salió la Cegua, mijo… y de milagro te dejó ir.
Desde ese día no vuelvo a caminar de noche, ni volteo cuando escucho una voz bonita en el camino. Porque esa cosa no busca compañía… busca castigar.