28/12/2025
"¿Lo bueno del dolor?"
Casi siempre el dolor lo vemos como algo “malo”, como algo que hay que evitar a toda costa. Pero… ¿y si te paras un segundo a pensar que, gracias a ese mismo dolor, mucha gente termina cambiando el rumbo y dándole la vuelta a la tortilla?
Hay dolores que en la vida simplemente llegan, sin pedir permiso. Eso es inevitable. Pero aquí vale la pena hablar de otro tipo de dolor: el que nosotros mismos provocamos, el que repetimos, el que seguimos cargando aun sabiendo que nos hace daño.
En ese punto, uno se cansa. El dolor ya fue fuerte, ya fue frustrante, ya se volvió repetitivo, casi aburrido. Y aun así, muchas veces dejamos de mirarlo y seguimos con él como si fuera parte de quiénes somos. Como si dijéramos: bueno, así soy yo. Tal vez ahí aparece algo raro: una especie de costumbre, o incluso una adicción silenciosa al sufrimiento. Y es loco pensarlo, ¿no? ¿En qué momento el dolor se volvió un estilo de vida?
No hay una sola respuesta, pero muchas veces el camino que termina en dolor empieza con placer. Placer rápido, fácil, inmediato. Cosas que se sienten bien en el momento. Aunque sepamos que después viene la factura, igual nos metemos. Y si miras más al fondo, casi siempre el origen es el mismo: una desesperación interna, un vacío, una incomodidad que no sabemos cómo manejar. Entonces reaccionamos en automático, buscando alivio rápido, sin pensar demasiado en lo que viene después.
A veces incluso creemos que ese dolor es merecido. Como si, en el fondo, pensáramos: esto me toca. Y entonces nos compensamos así, aun sabiendo cómo va a acabar la historia. En ese sentido, el dolor aparece una y otra vez como ese maestro pesado que no te deja repetir el mismo error con tanta alegría. Te frena en seco y te obliga, aunque sea por un segundo, a decir: ya no quiero esto… no debí hacerlo.
Claro que muchas veces no alcanza. A veces el dolor se disfraza de “aprendizaje” y nos mete en un bucle que parece no terminar nunca. Pero igual queda la pregunta: ¿qué sería de nosotros si el dolor no existiera? ¿Hasta dónde habría llegado la humanidad si no hubiera algo que nos avise cuándo estamos yendo demasiado lejos?
El dolor, al final, no es ni bueno ni malo. Todo depende de cómo lo mires, de cuándo aparece y para qué sirve. Por eso, cuando llega, tal vez conviene preguntarse: ¿qué me está obligando a ver esto? ¿qué tengo que entender ahora? La respuesta depende de cada uno: de su historia, de su aguante, de cuánto amor tenga dentro.
Y quizá ahí aparece esa voz bajita que dice: ya basta. Ya no le metas más energía al dolor. Mejor úsala en otra cosa.
No intentes borrar el dolor como si fuera magia. Nada desaparece así nomás. Todo es energía. Y esa misma energía que hoy alimenta el sufrimiento puede cambiar de dirección. Puede ir al amor de verdad: amor por tus metas, por tus sueños, por alguien más, o por ti mismo.
Quita leña al fuego del sufrimiento y échala al fuego de aquello que hace que tu vida valga la pena. Ese fuego que está esperando encender tu propósito. Porque sí, aunque suene grande, todos tenemos algo que venir a hacer a este mundo medio indiferente. Lo creas o no, hay cosas en ti —habilidades, talentos, ideas— que solo tú puedes usar para hacer de esta maldita época algo un poco mejor. Mucho mejor de lo que la encontramos cada día, al despertar en este caos hermoso y jodido que llamamos VIDA.